Nueva infancia

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Por Rosaura Barahona

Se celebró el Día del Niño y muchos festejos cayeron en excesos, como se acostumbra de un tiempo para acá.

Trabajo en colegios en donde se pone atención a los pequeños porque sabemos que la formación recibida esos primeros años de su vida los marcará, en muchos sentidos, para siempre.

Por eso me da rabia ver a sus papás echándolos a perder. Lo que algunos abuelos y maestros les tratamos de enseñar es cuestionado e, incluso, contradicho por sus padres.

Saludar, despedirse, dar las gracias, respetar a los adultos y lo ajeno no está pasado de moda, aunque los nuevos papás digan que ahora los niños ya no hacen nada de eso. No lo hacen porque no les enseñan a hacerlo.

Los papás de los niños a los que me refiero nacieron entre 1970 y 1990, pertenecen a la llamada “Generation Me” (“Generación Yo”), habitan en la clase media o alta y son, de acuerdo a la doctora Jean Twenge, que los ha estudiado, preparados, ambiciosos, hábiles, tolerantes, tienen la mente abierta y confianza en ellos mismos, pero también son cínicos, tensos, tienden a la depresión y se sienten solos si no están en el reventón. Las apariencias son esenciales para ellos.

No se puede generalizar, pero si usted los observa, verá que la descripción no desbarra.

Los papás de los niños actuales son sobreprotectores y complacientes. Creen que su principal objetivo es hacer felices a sus hijos y, con tal de lograrlo, sacrifican cualquier cosa, incluida la educación, para evitarles “malos momentos” a los pobrecitos.

Hoy muchos padres son incapaces de tener quietos a sus hijos cuando y en donde deberían estarlo. Molestan a otras personas, gritan, causan estragos, ignoran lo que sus padres les dicen y los papás no les llaman la atención porque los quieren libres y espontáneos.

Los deseos de sus hijos son órdenes que deben ser cumplidas de inmediato. Si alcanzan una meta mínima les dan globos, fiestas o premios porque ya no se conforman con un juguetito; exigen cosas caras y los papás los complacen o, tristes, se disculpan si no pueden comprarlo.

¿Qué ha hecho el niño para merecer esa felicidad gratuita, ilimitada, omnipresente y sempiterna?

Cuando los papás no ponen límites para no interrumpir la felicidad del niño o del adolescente, están creando un ser débil incapaz de resistir la tentación cuando alguien lo invite a ser feliz con el alcohol y las drogas.

Los nuevos papás, narcisistas, están creando individualistas exacerbados, carentes de empatía hacia quienes son distintos o menos que ellos e incapaces de aguantar la mínima crítica.

El consumismo encabeza su escala de valores. Las niñas admiran a quien no repite ropa y usa sólo cosas de marca. Los niños creen que asistir a ciertos lugares y tener ciertos aparatejos los hace mejores que quienes no los tienen.

Confunden la asertividad con la grosería y dicen lo que piensan sin ningún tipo de filtro y sin tomar en cuenta las circunstancias. Si usted les llama la atención en el cine, lo insultan, se ríen y lo ignoran.

Por otro lado están las madres que alientan esas conductas y arman fiestas de bautizo, primera comunión, cumpleaños o “graduación” (¡de primaria y secundaria!), como si fueran bodas de lujo porque no les interesa celebrar, sino presumir. Son señoras ociosas y con dinero: se gastan y hacen gastar a otros “un buen”, como se dice hoy, en cosas innecesarias.

Y mientras un grupo de padres valientes no se ponga de acuerdo y cuestione todo esto, las cosas se irán agravando. No es sencillo porque es más fácil nadar de muertito, pero alguien sensato deberá intentarlo.

Educar es conocer al educando, alentarlo en lo que necesite, felicitarlo cuando lo merezca, disfrutarlo, pero también llamarle la atención, enseñarle a vivir en comunidad y a aceptar las consecuencias de sus actos.

Por supuesto hay muchos niños educados por padres también educados, inteligentes y razonables. A ellos les aplaudimos y les agradecemos que se atrevan a dar a sus hijos la fuerza necesaria para ir desarrollando su propio autocontrol.

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