Nuestros dirigentes a examen

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Por Luis F. Aguilar

Estamos otra vez en la antesala del debate y la aprobación de las leyes de la reforma energética y la de telecomunicaciones. Estamos de nuevo en manos de los dirigentes políticos que con sus varias posturas ideológicas, cálculos políticos o estimaciones unidimensionalmente técnicas, determinan el bien o el mal de la sociedad, la creatividad social o la pérdida de tiempo. Para muchos el debate y la aprobación de las leyes es otra estación más de la historia sin fin del reformismo o del pragmatismo de los dirigentes políticos que saben que en democracia no pueden cortar de tajo las ataduras mentales y políticas que inmovilizan la solución de los problemas cruciales públicos del país y que no tienen más camino que encontrar ajustes, compromisos y transacciones entre ellos. Esperemos inteligentes.

El encanto de la idea de revolución es su ilusión de que la política de un líder o de un movimiento de masa puede derribar de golpe todo el mundo social existente y comenzar de nuevo la creación del mundo. Es una idea tan cautivadora como ignorante. La frigidez que no desencanto de la idea de democracia pluralista se debe a que se reconoce que la política en condiciones de libertad y pluralidad no puede ofrecer respuestas totales, completas, de una vez por todas, ni crear de nuevo el mundo, renovar la nación, ni cambiar de golpe lo que los ciudadanos piensan que debe ser el sector de la energía petrolera, del gas y de la telecomunicación ahora y por los siglos de los siglos, aun si las condiciones financieras, tecnológicas, productivas, comerciales han cambiado y seguirán cambiando.

El carácter esencial de la democracia pluralista, sea presidencial o parlamentaria, es tener dirigentes, ser una dirigencia al plural integrada por diferentes poderes públicos y por varios poderes políticos, económicos, sociales, que participan en diverso modo y grado en las decisiones directivas de gobierno y lo hacen con diversos planteamientos, enfoques, propuestas, intereses. La democracia es un gobierno colegiado, cuyas decisiones directivas son producto de un grupo, círculo, clase, élite de dirigentes. Nos guste o no, es una gobernanza que procesa la pluralidad y la divergencia de las ideas y voces de sus dirigentes, honestas o falaces, argumentable o simplemente emotivas, mediante diálogo y negociación y concluye con el acuerdo total o el mayoritario.

Por su carácter colegiado, la gobernanza democrática es un proceso de dirección en el que no son posibles las soluciones de innovación total, cuando implican romper los equilibrios políticos de sus dirigentes, de los que depende la estabilidad política del mismo régimen democrático. Lo únicamente probable en este gobierno de voces, conceptos e intereses al plural es su “incrementalismo”. No puede más que decidir reformas y leyes que son respuestas graduales, correctivas, parciales y progresivas a los grandes problemas públicos. Una definición realista más amigable es la de ser un gobierno de aprendizaje, en el que se aprende por la vía del éxito y los fracasos el modo como se resuelven los problemas públicos, en vez de ser un gobierno de respuestas para toda la vida.

Es entonces decisiva la calidad de los dirigentes, su calidad política, intelectual y moral. Sin embargo, en este momento en el que nos encontramos otra vez en la sala de espera de leyes secundarias cruciales, tenemos problemas serios en nuestra dirigencia política nacional. Una izquierda dividida, que hoy no es más que una constelación errática de intereses, prejuicios, ilusiones, ambiciones personales y retórica, por lo que no se sabe con claridad qué es lo que entienden por “una patria para todos” y si las reformas y leyes son una alcahuetería, una defensa arcaica de la soberanía nacional o una propuesta de producción de riqueza bajo el imperio de la ley para cerrar desigualdades.

Por otro lado, vemos un PAN dividido, aunque la fracción ganadora practica en modo comercial más que maquiavélico la presión y el chantaje para dar su apoyo a leyes que son fundamentales para dar forma a “una patria ordenada y generosa”. Un PRI al que entusiasma el pragmatismo de su democracia eficaz y que con tal de obtener resultados juega con algunas fracciones del PRD o se acomoda a los grupos reformistas del PAN. No estaría de más que nuestra dirigencia plural hiciera público su debate sobre las leyes secundarias y las razones por las que se decidieron por determinadas prescripciones legales y excluyeron otras. Por lo menos se evitarían malignas interpretaciones y se nos darían argumentos para conocer y validar las decisiones que tomen.

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