Los demonios de Trump

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Por Leonardo Kourchenko

Los movimientos de supremacía blanca han existido en Estados Unidos, tal vez desde el siglo XIX o antes. El Ku Klux Klan (KKK) y otros, se reconocieron al paso de las décadas como organizaciones conservadoras, anglosajonas, en constante ataque de las minorías raciales. No es pues, una expresión cultural novedosa.

En las últimas décadas del siglo XX, de forma especialmente señalada a partir de los Movimientos Civiles de los años 60, que transforma por completo el respeto y reconocimiento de los afroamericanos en Estados Unidos. Sienta un precedente político de equidad de derechos para las minorías, del cierre y condena al racismo, a la marginación racial, a las diferencias laborales, educativas, empresariales para personas de distintas razas y etnias. Se volvió, tal vez a partir de los años 70 de forma más enfática, políticamente incorrecto, incluso antidemocrático, argumentar causas pro-racistas.

Esas formas de pensamiento no desaparecieron, sobrevivieron ahí en la marginación, en los rincones oscuros de la sociedad americana, poco educada, ultraconservadora y con frecuencia, religiosa.

Así conocimos a los Minuteman –cazadores de migrantes en Arizona y Nuevo México- o los grupos neonazis en estados donde construían campamentos de entrenamiento paramilitar.

Con la llegada de Donald Trump al poder, estos movimientos y organizaciones marginales, fueron aceptados y reconocidos en el centro de la expresión política. “Hay buenas personas en todos lados” se atrevió a decir Trump al inicio de su período y finales de la campaña, cuando se negó a condenar al KKK.

Hoy la realidad estadounidense es distinta. Los sentimientos exacerbados antiinmigrantes han explotado en expresiones como estas, matanzas, agresiones, persecución, hostigamiento público a hispanos de forma señalada, pero también a otras minorías, árabes, asiáticas, y aún afroamericanas.

Trump ha representado al pensamiento anglosajón, conservador, violento que atenta con otras personas y comunidades por pensar distinto, creer distinto, tener otro color de piel. El supremacismo blanco americano, ha cobrado una nueva fuerza, ha resultado vigorizante un candidato y ahora –vergonzosamente- un presidente que no tiene empacho ni prurito en expresarse así en mítines y reuniones. Son ellos, sus seguidores más fervientes, son esos fanáticos antiinmigrantes y antimexicanos, quienes asisten a sus eventos de campaña, a sus mítines de reelección.

Trump convirtió lo políticamente incorrecto, indecente, en una práctica aceptada –“por se puede pensar así”; transformó lo inaceptable socialmente, como una expresión de odio y de rechazo válidas, bajo la bandera del nacionalismo y la defensa de su país. ¿El país de quién? Si lo han construido generaciones de migrantes, incluido el propio Trump descendiente de alemanes e irlandeses.

Ahí está su escandalosa y agresiva respuesta a la congresista de origen africano y musulmán de “regrese a su país”.

Lo más despreciable es el silencio tácito y cómplice de los republicanos, quienes en vez de condenar a su presidente, de rechazar pública y abiertamente estas exaltaciones que provocan la violencia de este fin de semana, callan por no empañar sus aspiraciones de reelección. Vaya usted a saber si, en el fondo, piensan como él y como estos locos que disparan a mexicanos e hispanos.

Se volvió peligroso ser mexicano en Estados Unidos, aún con residencia y permiso de trabajo. Se abrió la temporada de caza, desatada por los demonios del presidente-candidato.

Lo que falta por ver, es si estos demonios no acaban cazando al propio supremacista en las próximas elecciones y que estas expresiones de división y de rechazo, provoquen una participación electoral sin precedente, que lo rechace en las urnas y que termine con sus sueños supremacistas. Si no es así, oscuro panorama para nuestros mexicanos migrantes en EU.

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