Los aparatos nos descomponen

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Por Juan Villoro

Uno de los enigmas de la sociedad de mercado es que haya garantía para los productos pero no para los clientes. La calculadora puede hacer que olvides la aritmética, la computadora te puede convertir en autista social y el GPS, provocar que renuncies a orientarte y parezcas un cliente de Lázaro de Tormes.

La tecnología existe para liberarnos de algunas tareas y hacer cosas de las que somos incapaces. Es una prótesis que nos complementa. Como todo lo que sirve para ayudar, no nos obliga a ser mejores. Prescindir del esfuerzo es extraordinario cuando eso significa rebanar 200 pepinos para un banquete, pero resulta grave cuando significa prescindir del cálculo o la memoria.

Más allá de la publicidad, los aparatos se resisten a ser elogiados. Quien habla maravillas de su refrigerador parece un imbécil. Obviamente, los objetos se pueden poetizar tanto como las cosas naturales. Si Lugones habló del “árido camello” y López Velarde de la “pecosa pera”, Huidobro encontró que los ventiladores eran “aeroplanos del calor”. Lo difícil es hablar bien de ellos en las reuniones. Elogiar una pera o un camello no es genial pero tampoco es aberrante; elogiar un ventilador es banal. ¿Por qué sucede esto?

Nuestra relación con los artefactos no ha dejado de ser mágica. Me refiero, por supuesto, a la gente común, que compra por el precio y el color, no a los ingenieros, que los conocen de otro modo.

La tecnología sólo pide nuestra elocuencia cuando se descompone o cuando alguna manía personal invalida su uso. Entonces podemos analizarla sin caer en la redundancia (“qué frío está el refrigerador”) o el lenguaje plano (“cómo acelera tu coche”). El accidente, el cortocircuito, el mal uso y los problemas personales hacen que las cosas inertes se vuelvan lingüísticamente interesantes. El teléfono celular se vuelve opinable si lo separamos de su función común y lo vemos como un recurso para activar bombas a distancia o un grillete (Blackberry debe su nombre a la esfera negra que inmovilizaba a los presos).

Los defectos de la técnica permiten ejercer el sentido crítico que se inmoviliza cuando las luces y los botones trabajan de maravilla.

Como cualquier persona, considero que internet y las redes sociales agilizan la comunicación, pero a nadie le interesa este lugar común. En cambio, si menciono la pérdida de privacidad que conlleva la vida en red, quedo como “crítico de la realidad virtual”. El elogio a la tecnología se descarta por banal y su cuestionamiento se atesora. Se trata de un doble rasero que merece análisis. No estar sometido del todo a los objetos nos parece un pequeño triunfo cultural. Cuando los aparatos funcionan, nos descomponemos, y viceversa.

Para tranquilizar el contacto con inventos que no acabamos de comprender, acudimos a expresiones de épocas pasadas. En el siglo XII, los libros creados por los escolásticos presentaron una nueva plataforma del conocimiento: pergaminos con letras bien ordenadas. Para definirlas, acudieron a la palabra “página” que alude a “viñedo”. La novedad se normalizaba al asociarla con el mundo agrícola, del mismo modo en que, hoy en día, la pantalla de la computadora se normaliza al encontrar ahí un “escritorio”.

Los motores se definieron por sus “caballos de fuerza”, no sólo para hacerlos comprensibles, sino para no sucumbir a un pánico sagrado ante su poderío.

Mi amigo Philippe Ollé-Laprune me informó hace poco que los aviones se abordan del lado izquierdo porque así se montan los caballos, lo cual deriva de que casi todos los jinetes han sido diestros y en otros tiempos usaban espada del lado izquierdo.

Necesitamos contactos imaginarios con épocas remotas para tolerar los artilugios del presente. Las armas están prohibidas en los aeropuertos; sin embargo, cuando subimos a un avión tenemos algo de los espadachines que decidían su suerte a caballo. Esto es mucho más raro que volar, pero también más humano.

Admirador de la velocidad aérea, Ramón Gómez de la Serna trató de comprenderla e imaginó que los pilotos saben a pájaro. La mente es considerablemente más compleja que una turbina, pero tiene un modo agradable de ser extraña. Sin ser antropófagos, entendemos la humorada de Gómez de la Serna mejor de lo que entendemos el avión que, fieles a las supersticiones culturales, abordamos por el lado izquierdo.

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