La plaza y la purificación

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Por Héctor Aguilar Camín
Cuenta Jesús Ortega que en algún momento de la campaña de López Obrador en 2006, de la que Ortega era coordinador, volvió al redil del PRD Porfirio Muñoz Ledo luego de un periplo de colaboración con Fox y otros pecados propios del oficio político.
Había una concentración en el Zócalo y Muñoz Ledo fue puesto en la lista de oradores. Cuando llegó su turno, la plaza estalló en una rechifla que nunca paró, al punto de impedirle a Muñoz Ledo decir una palabra.
Al terminar el acto, Ortega pasó a la casa de campaña donde estaba López Obrador y le dijo que el castigo de la gente a Muñoz Ledo había sido demasiado.
Según Ortega, López Obrador le respondió: “La plaza purifica”.
La historia puede ser imprecisa en sus detalles pero es exacta en la descripción de un mecanismo preferido del Presidente: que la plaza purifique, que los políticos pecadores paguen su pena en plazas donde los insultan, para ser luego perdonados con magnanimidad, o no.
Han vivido el mecanismo en carne propia prácticamente todos los gobernadores de oposición del país en plazas públicas debidamente organizadas para ello.
Algo semejante sucedió en muchas ciudades del país cuando el entonces candidato López Obrador recibía la adhesión pública a su causa de conocidos políticos locales, portadores de todos los pecados.
Eran recibidos amigablemente en la tribuna mientras firmaban su adhesión al programa de renacimiento de México, pero la gente de Morena local, que conocía a todos, les daba a muchos su baño de plaza con abucheos y chiflidos.
A un buen amigo que cruzó ese Jordán le sugerí que nunca se presentara como orador en una plaza porque le recordarían con claridad que podía estar perdonado arriba, pero seguía aborrecido abajo.
La versión digital de las plazas purificadoras lleva muchos años de ser moneda corriente en las redes sociales, donde los seguidores y simpatizantes del Presidente compiten bien con sus adversarios en esas materias fundamentales de la purificación que son el insulto y el acoso, de preferencia anónimos, como el pueblo mismo.

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