¿La historia se repite?

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Por Ricardo Valenzuela

En un país tan avanzado como EU es inentendible que algunos estados hayan aprobado legislación para asesinar recién nacidos. El que un hombre aspirante a la presidencia con gran naturalidad presente a su esposo. Aparezca un abominable hombre pretendiendo ser mujer y explota en ira cuando le dicen señor en lugar de “señorita”. Presiones para legalizar la pedofilia. En las escuelas se prohíbe la palabra dios, pero en las primarias reclutan transexuales para aleccionar a los niños. Porque parece que nadie ha aprendido de la historia.

Hace un par de meses acudí a una charla de Victor Hanson que me pareció una potente llamada de atención, y estas son algunas de las ideas que pude captar.

Alrededor de los 60 d. c., era del emperador Nerón, un interno de la corte llamado Cayo Petronio escribió la novela, “El satírico”, exponiendo la corrupción moral que ahogaba a la Roma imperial. Es un relato ameno de la transición de Roma de una república agraria a una superpotencia multicultural globalizada. Petronio, conocido como el “Juez de la elegancia”, se burlaba de las consecuencias culturales de la perturbadora afluencia de dinero y extraños de otras partes de la región mediterránea, invadiendo una sociedad romana tradicional.

Presenta la odisea de tres jóvenes griegos errantes, solitarios, perezosos, excesivamente educados y desempleados. Caminaban sin rumbo por del sur de Italia haciendo todo lo posible para explotar y defraudar a los nuevos ricos romanos, burlándose de sus costumbres tradicionales. Los tres griegos iniciaron una vida sumergidos en los excesos culinarios, vitícolas, culturales y sexuales tan populares en la época de Nerón. La brusca transición de una sociedad de agricultores rurales a sofisticados centros costeros metropolitanos había creado dos Romas. La moderna red cosmopolita de comerciantes, cabilderos profesionales, inversionistas, académicos y compinches imperiales en las filas de su estado profundo. Sus corredores costeros no eran tan romanos como mediterráneos y se veían a sí mismos más como “ciudadanos del mundo”, no como ciudadanos de Roma.

La vasta riqueza acumulada había producido una sociedad con licencia para, sin limitaciones, hacer lo que se les ocurriera ignorando las consecuencias. En su proceso de conversión los urbanitas buscaban y adulaban a los ricos sin hijos con la esperanza de que, haciendo un buen trabajo de seducción familiar o sexual, los compensaran en el presente o los incluyeran en sus testamentos, en lugar de trabajar y ganar su propio dinero. Los ricos a su vez los explotan sexual y emocionalmente ofreciéndoles falsas esperanzas de futuros beneficios ante la posibilidad de incluirlos en la herencia.

Las normas aceptadas en esa Roma eran la pornografía, la violencia, la promiscuidad sexual, el transgenerismo, el matrimonio tardío, la ausencia de hijos, la lucha por la escalada social, el materialismo ostentoso, la adolescencia prolongada, el engaño y la estafa en lugar del trabajo duro y responsable. Los personajes estaban obsesionados con la intrascendencia de moda dispendiosa, las fiestas exóticas y los nombres pretenciosos. Los romanos eran afortunados herederos de una infraestructura romana dinámica que se había globalizado en tres continentes. Roma había incorporado las orillas del Mediterráneo bajo una ley uniforme, la ciencia, las instituciones, todo controlado por su burocracia y el poder de las famosas legiones militares, muchas de ellas formadas por extranjeros.

Nunca en la historia de la civilización una generación había creado tanta riqueza y, al mismo tiempo, se había convertido en conformista, pero ansiosa por satisfacer cada apetito concebible y al mismo tiempo tan aburrida e infeliz. Pero también había una segunda Roma en las sombras sufriendo en silencio. Ocasionalmente, los antihéroes de la novela se topaban con los rústicos agricultores, comerciantes y legionarios pasados ​​de moda. Eran los que ahora podríamos identificar con los ridiculizados por Hillary Clinton como “deplorables”, los “malolientes de Walmart” o los salvajes hillbilles de las Appalachians.

Pero esos tipos rudos y ásperos eran los que habían construido y mantenido el vasto Imperio Romano. Pero se burlaban de ellos y eran caricaturizados como salvajes, antisociales y, sin embargo, eran también admirados como gente simple, decente y trabajadora, sin las pretensiones de los zánganos urbanos ya en clara decadencia. Petronio fue un satírico de una impresionante habilidad para describir una imagen en blanco y negro de los antiguos romanos tradicionales, buenos, trabajadores, respetuosos, responsables, frente a sus corruptos sucesores urbanos que habían arribado a una etapa de conducta “irracional”.

La globalización había enriquecido y unido a romanos y no romanos en una cultura mundial nunca vista. Una hazaña admirable. Pero tal homogeneización también había diluido las costumbres, tradiciones, cultura y valores que habían conducido su asombroso éxito pero que, también, tristemente las estaban destruyendo. El multiculturalismo, el urbanismo y el cosmopolitismo de “The Satyricon” reflejaban rechazo de una excitante mezcla de diversas culturas, lenguas, hábitos y estilos de vida extraídos del norte y oeste de Europa, Asia y África.

Pero el nuevo imperio también destruía un noble, admirable y único agrarismo rural. Erosionaba el nacionalismo, la autonomía y el patriotismo. La riqueza, el tamaño y la falta de cohesión del imperio, finalmente debilitaron su unidad y pilares como el matrimonio tradicional, la crianza de los hijos y todas las bases sobre las cuales deben descansar las sociedades saludables y morales. La educación ahora era considerada como algo ambiguo. La lectura había ampliado y garantizado la erudición, la sofisticación, y apoyaba a la ciencia para suplantar la superstición. Pero la educación también se había tornado ambigua. Los estudiantes se convirtieron en holgazanes, irrespetuosos, arrogantes, pretenciosos. Los profesores no eran diferentes a sus pedantes alumnos. Los escritores eran superficiales y aburridos. Los expertos eran holgazanes iletrados.

Cualquiera que hubiera sido la situación de Roma en esa época, no sería sostenible y su era de iluminación estaba terminando. Porque cuando una sociedad sin la suficiente evolución logra progreso material demasiado rápido, viene luego el profundo retroceso moral seguido por el eclipse económico. Su advertencia final podría ser un mensaje preocupante para la generación actual de europeos, estadounidenses y del mundo en general. Porque, mientras quienes se jactan de globalizar el mundo y enriquecerlo material y culturalmente, en ese proceso han estado perdiendo el alma.

La libertad individual, el matrimonio, la familia, arraigarse en un lugar, trabajar con las manos y posponer las gratificaciones. Porque la oxidada ética y moral de este estadio pueden considerarse aburridas o fuera de moda. Pero después de 2,000 años es lo que ha mantenido viva una civilización ejemplar que ahora parece amenazada y, como los romanos, no estamos conscientes ignorando su peligroso declive.

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