La dirigente y el ministro

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Por Federico Berrueto

La realidad no deja espacio a la omisión o la mentira. La sanción social es lo de ahora, a veces injusta, casi siempre desproporcionada y precipitada. La comunicación es en tiempo real, también las consecuencias de su mal manejo. Quien no lo entienda lo padece. Los modos del pasado son ineficaces y contraproducentes. Dos casos lo ilustran: el de la dirigente de Morena, Yeidckol Polevnsky; y el del ministro Eduardo Medina Mora. Su falla en la comunicación ha magnificado el golpe y ha complicado seriamente su situación. 

Todavía hasta hoy es obligado preguntarse qué pasaría por la cabeza de Yeidckol el miércoles por la mañana cuando intentó aclarar su situación en el noticiero de Ciro Gómez Leyva, para explicar su inclusión en la lista de los beneficiados del fisco. Para ella lo único importante fue decir que su líder moral había estado enterado. Sobre los pormenores del caso recurrió a la mentira y a una respuesta cobarde y absurda: culpa del contador. Mentira porque el problema no lo causó el error en el régimen fiscal, sino en el no pago de impuestos de su actividad empresarial pasada y el favor ocurrió en los tiempos en los que se debatían las reformas estructurales, situación semejante a la de Ana Gabriela Guevara, también entonces senadora. 
El presidente Andrés Manuel López Obrador envió un mensaje a sus correligionarios y más que a ellos a su dirigencia: si no estaban a la altura del movimiento, él se retiraría y se llevaría el nombre. La realidad es que el grupo gobernante hace agua, renuncias tempranas e incómodas de tres funcionarios de primer nivel y el jaque mate al director de la CFE. La señora Polevnsky se regocija con los resultados de las pasadas elecciones. Ignora que su partido obtuvo la mitad de los sufragios de 2018 y en Baja California perdió más que votos: la vergüenza y el sentido de legalidad. 
Tienen razón el Presidente y Paco Ignacio Taibo II, el desafío de Morena no son los votos, sino la causa. Para la renovación de dirigencia la opción obligada es Bertha Luján. Así es, no por la cercanía que tiene con el Presidente, sino por la integridad y la coincidencia en el sentido ético de la política. La oprobiosa zalamería de Mario Delgado lo descalifica. El beneficio fiscal y su comprometedora explicación deja inviable el intento reeleccionista de Yeidckol. 
La actuación precipitada de la dirigente contrasta con la omisión del ministro Eduardo Medina Mora. Todo el país conoció su renuncia sin que él o su oficina la confirmara y aportara las razones de la dimisión. La especulación ganó terreno y en materia de minutos se volvió culpable de lo que en junio se suponía había aclarado. Incomprensible que no razonara la causa de su renuncia, cuando la Constitución la condiciona a que sea grave. La omisión lo hace confeso. Injusto, quizá, pero es por causa propia y el Presidente el viernes abonó a la especulación. 
Medina Mora no debió llegar a la Corte porque no fue un funcionario ejemplar, como se ve en el saldo de las importantes instituciones que dirigió, además de la relación estrecha con el ex presidente Carlos Salinas, el presidente Enrique Peña Nieto, el abogado Juan Collado y los jefes de Televisa. Es revelador que su proximidad no fuera con los ex presidentes Vicente Fox o Felipe Calderón, a quienes sirvió en tareas relevantes y es que allí no había dinero. Es revelador porque muestra los estándares éticos de quien fuera elevado a un puesto que no merecía, que la realidad le ha puesto en su lugar y que la leyenda dice que lo que le viene es peor. 
El Presidente y el Senado han realizado dos designaciones en la Corte, una irrefutable, Juan Luis González Alcántara, otra opinable, Yazmín Esquivel. Es fundamental que la terna que presente el Ejecutivo y la definición del Senado ratifiquen al tribunal en su independencia, calidad profesional e imparcialidad.  
@berrueto 

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