La batalla de Puebla

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Por María Amparo Casar

La primera prueba electoral que enfrentará el partido de López Obrador será el próximo 2 de junio. De ellas, la más importante es la de Puebla y por muchas razones. Es la primera elección (junto a Baja California) que se da en el sexenio y AMLO/Morena necesitan refrendar su triunfo arrollador en un estado en el que obtuvieron 58% de la votación, es el quinto padrón electoral más grande del país, ha habido alternancia sólo entre el PRI y el PAN y, quizá lo más importante, es la única elección en la que tres partidos (PAN-MC-PRD) optaron por un ciudadano sin partido, de gran reputación y sin trayectoria política alguna.
La elección de Puebla en 2018 fue una de las más controvertidas. El día de la jornada se reportaron y documentaron robo de urnas, violencia, asesinatos y amenazas. En un libro de reciente publicación (Dinero bajo la mesa, Grijalbo, 2019) se muestra que por cada peso reportado se gastaron, en realidad, 53. La elección acabó decidiéndose en tribunales.
La selección de Barbosa para competir de nuevo por la gubernatura estuvo plagada de irregularidades y mostró las divisiones internas de la cúpula nacional morenista. El problema no es ése. El problema es que, pasadas las acusaciones de prácticas fraudulentas contra Barbosa en las elecciones de 2018, Alejandro Rojas, senador suplente de Monreal y consejero de Morena, presentó (9/IV/2019) una denuncia penal ante la Fiscalía General contra el hoy candidato por lavado de dinero, evasión fiscal, compra fraudulenta inmobiliaria y enriquecimiento ilícito. Cargos que dan al traste con las promesas de López Obrador de encabezar un partido distinto y de investigar a todo militante por actos de corrupción. De hecho, la denuncia fue acompañada en conferencia de prensa por la siguiente declaración: “Estoy denunciando porque creo que Morena tiene la obligación moral de acatar a los millones de mexicanos que votaron por López Obrador y por Morena… que tiene como principal eje rector la ética política, la lucha contra la corrupción, la transparencia y la honestidad”.
Al final privó la disciplina y nadie sabe, nadie supo, qué hizo la FGR con la denuncia de cuatro delitos que merecerían, al menos, una investigación para deslindar responsabilidades. Una más de las denuncias que engrosará las filas de la impunidad. Terminado el conflicto interno, y a pesar de las graves irregularidades que están ocurriendo, el proceso electoral de Puebla no ha merecido mayor atención en el ámbito nacional.
En términos de los partidos —contienden los de siempre— no hay novedad. No habría por qué esperar algún cambio de conducta. Lo que resulta novedoso es la presencia de un candidato sin filiación partidista. No es un Bronco que siempre participó en política (PRI) y cambió de caballo. Ha sido, primero, un académico sólido y de gran prestigio y, después, director de una organización de la sociedad civil que ha destacado por ocuparse, precisamente, de dos de los temas que más preocupan a AMLO: la corrupción y la desigualdad. Buscó la candidatura sin etiqueta partidaria en 2018, pero la frustraron desde el poder. Ahora, como candidato del PAN-MC-PRD, encuentra otros obstáculos.
Las prácticas electorales de siempre: un gobierno interino que, aunque encabezado por un priista, apoya a Morena a sabiendas de que su propio candidato es prácticamente testimonial; un secretario de Gobierno en funciones —Fernando Manzanilla, del PES, y operador del morenovallismo— que juega en favor de Morena; desigualdad patente en cobertura de medios (48% más de tiempo para Barbosa), pero, sobre todo, de valoraciones: 66% positivas para Barbosa vs. 88% negativas para Cárdenas(UNAM-INE); difamaciones sin sustento —no hay una sola denuncia— sobre el candidato Enrique Cárdenas, amedrentamiento a presidentes municipales que muestran simpatía por él y acallamiento de las críticas fundamentadas que se han hecho sobre los gobiernos municipales presididos por Morena; destrucción de espectaculares y el resto de las prácticas electorales que se ven normalmente en las campañas.
En Puebla, el partido del Presidente se juega la primera elección en la que no se enfrenta a uno de los políticos de siempre, pero parece que, para obtener la victoria, están dispuestos a actuar como en el antiguo régimen, como los de siempre.

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