Inercia y milagro

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Por Macario Schettino

El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, por sus siglas en inglés) se negoció en 1991-2, aunque entró en vigor en 1994. En los más de 25 años que han transcurrido desde entonces, el mundo ha cambiado mucho. Por ejemplo, entonces todavía tenía sentido hablar de la dependencia energética de Estados Unidos, hoy inexistente. No había internet ni prácticamente celulares. No habían aparecido los reality shows. China no existía, ni como lugar de producción ni mucho menos de consumo. Era un mundo realmente muy distinto al actual.

Por eso convenía actualizar los términos del acuerdo, pero tuvimos la mala fortuna de que eso ocurrió bajo la presidencia de Donald Trump, uno de los republicanos menos proclives al libre comercio (tal vez por eso fue demócrata casi toda su vida). El nuevo acuerdo, con nombre y acrónimo horrible en cualquier idioma, se terminó de negociar hace algunos meses, pero fue detenido en la Cámara de Representantes por los demócratas, que consideraban que no habían logrado incorporar suficientes instrumentos para defender a sus sindicatos, fuente importante de votos y poder político.

Para resolver eso, se negociaron algunos añadidos, que no se quedaron en el tema laboral, sino que aprovecharon para ampliar el contenido de origen norteamericano en el acero que utiliza la industria automotriz (Lighthizer es muy cercano a los acereros). En ambos casos, es un retroceso contra lo negociado anteriormente, que fue también un retroceso con respecto a NAFTA.

Esto no necesariamente es una crítica al gobierno actual (aunque la forma en que se desempeñó Seade en los últimos días fue, por decir lo menos, rara). Desde la administración de Peña Nieto, era claro que el T-MEC no haría más libre el comercio, sino al contrario. Pero se trataba de salvar lo posible, y eso fue lo que intentaron las dos administraciones, según entiendo.

Es importante entender esto, porque no puede uno esperar una explosión de inversión como la ocurrida a fines del siglo pasado. Pero no cabe duda de que sin acuerdo comercial, el escenario sería desastroso. Es cierto que si el T-MEC no se aprueba, NAFTA continúa en vigor, pero con la amenaza permanente de ser cancelado (denunciado) con un tuit de Trump. Por cierto, lo firmado en México no es el T-MEC en sí, que todavía debe ser votado en las dos cámaras en Estados Unidos y el Parlamento canadiense, algo que debe ocurrir en los primeros meses de 2020.

Por otra parte, no creo que ocurra un gran flujo de inversión debido a la falta de certeza. Lo ocurrido en el sector energético, donde se incumplieron contratos de gasoductos (que luego hubo que renegociar) y se cambiaron reglas de los Certificados de Energía Limpia (que están en disputa), dudo que ayude a atraer inversionistas, por ejemplo.

Así pues, aunque la aprobación del T-MEC es una buena noticia, lo es más porque evita un escenario muy negativo que por abrir uno positivo. Dicho de otra forma, no creo que esto modifique la tendencia inercial que estamos sufriendo en la economía mexicana, que es resultado de una administración pública confusa, hostil a las empresas y con una visión anacrónica, como ya lo hemos comentado en muchas ocasiones.

Por todo ello, esta columna sigue pensando que no podremos llegar al 1 por ciento de crecimiento en 2020, debido al énfasis en el petróleo que analizamos en los últimos días. Es evidente que esto podría cambiar, si el gobierno modifica su actitud, pero de momento eso no parece posible. Si llega a ocurrir, aprovechando que hoy es día de la Virgen de Guadalupe, con gusto corregiremos estimaciones en enero.

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