Hasta que lo importante regrese

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Rafael Ayala González

 

La vida cambia, siempre lo ha hecho, siempre. Sólo que ahora sí lo percibimos, lo sentimos. Afuera el aire permanece, el sol no se inmuta, pero nuestro aire y nuestro sol se desvanecen. Calculamos las heridas causadas por un enemigo invisible y sólo imaginamos gente. Pobres que se saben pobres y ricos que no se consideran ricos.

Nada parece perturbarse en las calles, mas el color del fuego se ha oscurecido, su rojo es caverna y su flama soplete. El furor de la ignorancia se mezcla, cándido y candente, con la enfermedad, las largas filas y las muertes. Esos olvidos de respirar que sabemos que llegarán tarde o temprano, sólo que no esperábamos que temprano fuera ahora, tan de mañana.

Un hombre aquí, tres ancianos allá, un par de niños. Una mujer del otro lado y dos indigentes desconocidos, transparentes a todos, números falseados. Cinco, diez, veinte. Es irrelevante para el poder que convierte un trescientos en doce, o noventa en quinientos. Es indistinto porque los números no dan miedo, se lamentan los amigos, los amados, los cercanos. Los demás… No existen, los números nunca han sido personas.

¿Con qué número nos verán los que no nos conocen? ¿Qué importa? Lo importante ha perdido importancia. La importancia se ha transformado en lujo, en anhelo, en meta… La importancia se fue al futuro y nos dejó con la necesidad de respirar, de comer, de empezar de nuevo, de proteger lo que queda, de fingir que nada pasa y de soñar que todo pasará.

Respirar, pasar el día y alcanzar a llegar a la cama por la noche. Obtener algo que sacie el hambre antes que el banco, el virus, los mercaderes, los desgraciados delincuentes o los que parlotean en nombre del pueblo que ignoran, nos alcancen y nos quiten todo. O no todo, sino lo que para nosotros es todo. Quizás poco, tal vez mucho… Superfluo e innecesario o trascendente e indispensable, pero finalmente querido, peleado, obtenido con las garras y a veces sin hacer mucho en el último golpe, pero fruto de muchos puñetazos anteriores. Bofetones que a veces dolían poco y que en ocasiones dejaban sangrando los nudillos.

Se llevan todo eso como si nuestro esfuerzo hubiera sido mentira. Como si al arrancar la fruta del árbol creyeran que no hubo semilla, agua, tormentas y sequías; plagas que vencer y amigos que dejaron de serlo. Pensar que las ramas otrora delgadas, frágiles y dóciles al viento, a los niños y a cualquiera que al pasar las arrancara, se convirtieron en sólidos brazos mientras dormíamos, en una sola noche, sin osadías. ¡No! Nuestros frutos no aparecieron hoy, mas hoy se esconden, huyen de nosotros por ser  inmerecidos o quizás, por ingratos… O por ingenuos.

Al arrancárnoslos y desaparecer no nos quitan un auto, una casa, dinero o los ahorros para morir viejos, sin arrastrar a nuestros hijos a la miseria. Se llevan nuestro sudor, nuestras ideas, nuestras manos y nuestro intelecto. Desaparecen los años de esmero, errores y aciertos, aprendizajes y tontas repeticiones de lo mal ejecutado. No nos privan de cosas y dinero… ¡se llevan vida!

Hoy nos queda soñar. Levantar las flacas alas con las pocas plumas que les quedan y empujar más fuerte con el pecho para compensar el aire que se cuela entre sus huecos. Nos resta creer que lo perdido dejó una estela a seguir, una historia a recordar, un amigo a recuperar.

 

Las fuerzas ya no se cargan con el viento, ni con las palabras hipócritas de quiénes se esconden tras su poder y soberbia. El aliento de esperanza surge de la misma fuente que provocó que sembráramos la semilla que nos brindó desafíos y frutos, sin importar que se hayan esfumado. Quien no ha creado nunca lo hará, no sabe hacerlo, no entiende sobre trabajo, respeto y furia. Confunde pelear con aplastar y lograr con hurtar, olvidando que los mayores combates y las victorias heroicas se dan al derrotar nuestro orgullo, nuestro egoísmo, nuestras lágrimas, nuestro pasado y nuestros temores. Ese pasado que toma vida en cuanto lo terminamos de pronunciar para entonces, afrontar el presente. Este hoy y ahora que nos recuerda que podemos intentar de nuevo, que todavía no somos un número y que si alguien nos lo asigna podemos rechazarlo, quitarle ceros, dejarlo en blanco.

La vida cambia, siempre lo ha hecho, siempre. Sólo que ahora sí lo percibimos, lo sentimos. Aprendimos que quien cambiará seremos nosotros. Esta transformación nos recordará lo que fuimos y lo que siempre quisimos ser. No para convertirnos en otro yo, sino para despojarnos de las falsedades que hemos adquirido, del consumismo, las apariencias, los “me gusta” y la infinitud de estupideces que han enterrado nuestro resplandor, aquél que anhelaba, en su inocencia, o en su coraje, lo auténtico, lo verdadero, lo eterno. 

Cambiaremos para no permitir que el nuevo ahora nos haga olvidar que crecer no consiste en transformarnos en otro, en el cobarde, en el derrotado, en la víctima del robo inesperado o en el verdugo ataviado de carismático. Sino recordar quiénes somos, que aún ahora seguimos siendo un yo, que estamos vivos y tenemos manos para sembrar, para asir de nuevo el martillo, empuñar nuestras agallas y trabajar hasta que los nuevos frutos nos regresen lo importante. Lo que para nosotros, para cada uno, para ti, para mí, para todos, siempre ha sido importante.

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