Fascinación por la apariencia

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Por Jesús Silva-Herzog Márquez

Tienen uniformes nuevos. Se les han entregado armas y vehículos con emblema de las fuerzas rurales. La ceremonia, presidida por el Comisionado para la seguridad, adquiere el sentido de una conversión colectiva. Los justicieros se institucionalizan y asumen su papel de entidades de Estado. El vocero más vistoso de las autodefensas proclama: “somos gobierno”. El delegado federal, citando a un Brecht pasado por Silvio Rodríguez, les dice enfáticamente: ustedes son los imprescindibles.
La escena es elocuente. El cambio público de vestuario, la entrega formal de las armas, la recepción de las camionetas, los discursos y las poses, los gestos marciales de los nuevos gendarmes. Un letrero que dice “Toma de protesta, Fuerza Rural”.

El gobernador y el congreso local visiblemente ausentes. Se trata de una organización formalmente estatal pero no hay representantes de Michoacán. El espectáculo proyecta un mensaje: los ejércitos privados se han encauzado virtuosamente a la legalidad. Y sin embargo, el problema de las autodefensas permanece. El uniforme no resuelve nada. Quienes ahora se declaran gobierno han registrado miles de armas cuya portación es un delito… y las han conservado, bajo la promesa de ser discretos. Dieron su palabra de que no las exhibirían.

Lejos de pasar las pruebas de confianza que se han establecido para formar cuerpos profesionales de seguridad, las policías rurales se han reclutado gracias a una negociación política. Éste es un fruto del diálogo, dice el procónsul. No de la legalidad, del reclutamiento profesional, de un proceso propiamente institucional, sino de una negociación que absuelve a unos y condena a otros. Los que ayer eran tratados como imprescindibles se convirtieron poco tiempo después en impresentables. Eso sí: la ceremonia de toma de protesta fue impecable.

Se nos dice con insistencia que hemos recuperado para el Estado la conducción de la política educativa. La expresión la repiten los voceros gubernamentales una y otra vez. Durante mucho tiempo el Estado perdió la rectoría en materia educativa, la hemos rescatado para el bien público, declara con su esponjosa grandilocuencia el Secretario de Educación. Los maestros conseguirán plazas por sus méritos y no por su relación con el sindicato, dice.

Para demostrar esa determinación, se impulsó un cambio constitucional. El nuevo artículo 3o. dispone que el ingreso al servicio docente será a través de concursos de oposición. Nada de caprichos, ninguna invasión del interés particular en algo tan importante como la contratación de los maestros. La norma parece, por el momento, adorno y no guía.

Según ha revelado Reforma recientemente, gobernadores de distintas entidades de la República han podido nombrar con toda prisa a miles de maestros, sin las exigencias previstas en la Constitución. Como se ha hecho siempre, las autoridades educativas negocian con el sindicato de maestros quiénes tienen el derecho de estar al frente de un salón de clase, sin mediar prueba alguna que dé cuenta de la capacidad profesional de los contratados. La reforma a la Constitución vuelve a ser un homenaje a la apariencia.

Volvemos a cambiar las reglas del juego político. Somos incapaces de fijar las instituciones y las normas que regulan la competencia electoral. Tras muchos años de debate, se logran un par de cambios simbólicos. El primero, la reelección de los legisladores; el segundo, las candidaturas sin partido. Un par de transformaciones relevantes para modificar la relación entre representantes y electores, para oxigenar la vida de partidos, para facilitar la rendición de cuentas.

Habrá ya reelección legislativa pero se ha hecho de tal modo que se desnaturaliza su principio. Tendremos así una reelección pervertida que, lejos de servirle a los electores para premiar o castigar a sus representantes, ayudará a los partidos a someterlos aún más. Se presume la apariencia de la reelección legislativa, mientras se oculta el modo en que se ha regulado.

Algo semejante sucederá, al parecer, con las candidaturas independientes. Se ha abierto la puerta para que los ciudadanos compitan como candidatos a cargos de elección popular sin necesidad de contar con el respaldo de un partido. La puerta, en realidad, sigue cerrada. El Senado discute una propuesta de ley que burla el propósito de abrir la competencia electoral más allá de los partidos. La simulación es la reina de nuestra vida pública.

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