El INE y los aborígenes

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Por Jesús Silva-Herzog Márquez

Nadie fue tan crítico con la reforma electoral como aquellos que tienen la responsabilidad de aplicarla. En enero de este mismo año, Lorenzo Córdova, ahora presidente del Instituto Nacional Electoral, declaraba que los cambios a la Constitución en materia de elecciones no partían de un diagnóstico coherente sino de una serie de juicios superficiales e incoherentes. La reforma electoral ganó un rápido consenso, decía Córdova: todos los especialistas la rechazan. La gran contribución de los reformistas fue insertar confusión donde había claridad. No insistiré en los absurdos de una reforma hecha para complacer al partido derrotado en 2012 y para comprar su respaldo en otros asuntos legislativos. Lo que me parece interesante es la figura del órgano electoral que ha sustituido al IFE. El INE es síntoma del candor de nuestra fe centralista.

Es cierto que el cambio político no ha ido en tren. Los vagones no avanzan a la misma velocidad; no se dirigen si quiera, al mismo punto. La descentralización ha transferido poder a las regiones, sin instaurar, en muchos casos, los contrapesos indispensables. La autocracia se ha mudado a la periferia y ha encontrado ahí, un terreno fértil para imponer su imperio y pertrecharlo. Dispone de recursos sin rendir cuentas; domina la legislatura o compra sus votos; calla a la prensa; intimida a la crítica. Las instancias de la autonomía son, en ese contexto, fácilmente penetradas por el poder en turno. ¿Qué hacer para acompasar la democracia mexicana? ¿Cómo lograr finalmente la sintonía de regímenes? ¿Cómo expandir el pluralismo, los equilibrios y el control del poder a las regiones?

Hoy la respuesta parece muy sencilla. Coinciden en ella el gobierno y las oposiciones: centralizando podrá imponerse democracia a las bárbaras regiones del país. La centralización es la carta de moda. Medicina universal e infalible. Nos dará la paz, logrará la eficiencia, irradiará democracia. No extraña que el gobierno priista confíe en el remedio. Después de todo, su era se condensa en la filosofía del embudo. Concentrar todos los poderes y responsabilidades en un punto para domesticar a la bestia de la disgregación. Lo que sorprende es la ingenuidad con la que las oposiciones han abrazado la causa del centralismo. Por eso han resuelto que, para tener elecciones auténticas en los estados, debe colocarse a las entidades locales bajo supervisión de un órgano digno de confianza, es decir, un órgano con la pureza de lo nacional. El régimen electoral local ha quedado bajo la tutela de un órgano central, que podrá, en todo momento, declarar la incapacidad de los aborígenes para organizar sus elecciones.

Los nativos no decidirán, por supuesto, quiénes integran sus órganos electorales. Su juicio, ya lo sabemos, está congénitamente viciado. Para protegerlos, hay que ignorarlos. Desde el centro, donde el juicio es puro e imparcial, vendrán los nombramientos de los funcionarios electorales. Eso sí, si en el curso del proceso electoral, el órgano designado por los imparciales de la capital es atrapado por los embrujos de la tribu, concluirán de inmediato sus funciones. El Centro se hará cargo directamente de las elecciones locales.

Había muchas rutas institucionales para alentar la imparcialidad de los órganos electorales locales. En lugar de explorarlas, los reformistas prefirieron insertar el embudo. Los reformistas que establecieron el protectorado electoral creen que su medida es una respuesta de realismo ante un ideal burlado. Defender el federalismo es, para ellos, una candidez: taparse los ojos o voltear la cara ante la realidad. No pueden aceptar que había formas respetuosas del federalismo que pudieran alentar la constitución de las autonomías regionales. El tutelaje devela, por el contrario, la verdadera arrogancia de nuestro tiempo: la creencia de que al Centro debe dársele nuevamente función salvadora. Si decimos restauración, deberíamos ver justamente esto: esa fe de bien pensantes y cínicos en las virtudes infinitas de la centralización. La democracia local será un regalo del barrio de Tlalpan a la república mexicana. Hablo de ingenuidad además de arrogancia, porque la centralización implica dejarse seducir por los encantos de la concentración y menospreciar la formación de instancias locales.

Hemos sido testigos de uno de los golpes más severos al federalismo mexicano en nuestra historia. Que nadie lo haya lamentado es retrato de la resurrección de esa fe centralista.

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