El centauro en su casa

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Por Juan Villoro

A mediados de los años setenta, Sergio González Rodríguez tocaba en el grupo de rock Enigma. Los músicos usaban como apellido su signo del zodiaco y él era Sergio Acuario. Después de ofrendar su oído a las deidades del alto volumen, el brioso guitarrista se concentró en su más genuina y rítmica pasión: la literatura.

Sus primeras reseñas revelaron a un lector de temple gambusino, dispuesto a encontrar oro en ríos poco frecuentados. En la revista Nexos tuvo a cargo la sección “Numeralia” donde establecía insólitas conexiones estadísticas entre los más diversos temas, dotando de elocuencia e incluso de sentido del humor a las cifras.

Aunque ha ejercido con fortuna la ficción, su tono distintivo se consolidó en el ensayo, bautizado por Alfonso Reyes como “el centauro de los géneros”, animal híbrido que combina la reflexión con la narración. Amparado en esa figura, González Rodríguez publicó un libro notable: El centauro en el paisaje. Ahí abordó las formas más peculiares de la comunicación, incluidas las señales extraterrestres y la transmigración de las almas.

Hay diversos modos de ser centauro. González Rodríguez representa una especie de un solo miembro que explora el revés del mundo. La realidad le interesa por sus secretos y por la posibilidad de descubrirlos. Piglia señaló que el detective es una variante popular del intelectual: reúne pistas dispersas para explicar sucesos.

González Rodríguez es un investigador privado que transcribe los hechos con el pulso trepidante de quien espera que la lectura modifique el desenlace.

Su viaje por las zonas ocultas de lo real comenzó en Los bajos fondos, investigación sobre la bohemia y los antros de la cultura mexicana. Huesos en el desierto, escalofriante expediente sobre los feminicidios en Ciudad Juárez, lo convirtió en referencia obligada en la discusión sobre los crímenes de género. Interesado en la simbología de la violencia, continuó su trayectoria con El hombre sin cabeza. Hace unos días se le otorgó el Premio Anagrama de Ensayo por Campo de guerra, donde el centauro recorre un paisaje devastado.

En 1981 Juan García Ponce obtuvo el mismo galardón con La errancia sin fin (ensayos sobre Borges, Musil y Klossowski), y en 1996, Gabriel Zaid fue finalista con su ya canónica reflexión sobre la industria editorial, Los demasiados libros. Uno de los aspectos más fascinantes de Campo de guerra es el cruce de informaciones que contiene. Valdría la pena escribir una tesis sobre el aparato de notas. En su lejana columna “Numeralia”, González Rodríguez transformaba las estadísticas en parábolas de la realidad. Con la misma inventiva, dota de elocuencia a informes de aridez mineral y arma un tejido comprensible a partir de reportes militares, noticias, textos jurídicos y filosóficos. El resultado es el mapa de un país sin soberanía.

En toda confrontación bélica, las nociones de frente y retaguardia resultan esenciales. No es el caso de la guerra contra el narcotráfico: el país entero es el teatro de los acontecimientos y cualquiera de nosotros puede ser un daño colateral. La soberanía se ha desvanecido ante el control territorial de los cárteles, las autodefensas y la injerencia de la DEA y la CIA a partir de la Iniciativa Mérida firmada entre Bush y Calderón en 2008.

Uno de los capítulos más demoledores se refiere a las víctimas de la violencia. El autor de Campo de guerra asesoró a Roberto Bolaño para escribir el inventario de la tortura que integra “La parte de los crímenes” en la novela 2666. Ese expediente del horror continúa en este libro. Los criminales practican una estrategia de borramiento; desfiguran a sus víctimas en espera de que el daño se vuelva amorfo, anónimo. Si las facciones y los nombres se pierden, la impunidad tendrá su reino. González Rodríguez escribe contra esa desmemoria.

El 19 de julio de 2011, Oswaldo Zamora Barragán, niño de diez años, salió a pastorear sus ovejas en el municipio de Petlalcingo, Puebla. Ignoraba que su país había cambiado. Tropezó con un explosivo y perdió un brazo y una pierna. Estaba en un campo sin otra cosecha que la sangre.

Lo más dramático del sinsentido es que tiene explicación. Tal es la excepcional enseñanza de Campo de guerra. Una vez más, González Rodríguez demuestra que ciertos paisajes sólo pueden ser visitados por un centauro.

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