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Por Leonardo Kourchenko

El procurador de Justicia de Estados Unidos visitó México el 5 de diciembre. En un solo día se reunió con el fiscal Gertz Manero –quien debido a su delicado estado de salud dejará el cargo próximamente–, con el presidente López Obrador en Palacio Nacional y con el gabinete de seguridad en la Cancillería. Después visitó la Basílica.

La anunciada designación como grupos terroristas extranjeros a los cárteles mexicanos del narcotráfico –o por lo menos, algunos de ellos– fue el tema que el señor Barr abordó con el presidente. La posición del gobierno de México fue firme: “cooperación sí, intervención no”. Y el señor Barr se fue de regreso a informarle a su jefe que “la relación se vería gravemente afectada con una declaración en ese sentido”. Aquí, al estilo de los piropos y lisonjas transfronterizas, se agradeció al presidente Trump no designar “por ahora” –mucho ojo en esta acotación temporal– a dichos cárteles como terroristas.

Y luego, súbitamente, las prisas. De una posición bastante reservada por parte de los demócratas en la Cámara de Representantes hacia el T-MEC y la implementación de la reforma laboral en México, bajo presión de algunos de sus grupos tradicionales de apoyo como los sindicatos y las organizaciones obreras (AFL-CIO), hubo un giro inesperado de aceptación inmediata.

A México llegó una delegación de alto nivel, con el primer yerno de la nación –quien por cierto no abrió la boca en el evento– y se firmó un acuerdo “modificatorio” –seguro el nombre es del propio Jesús Seade, autor de muchos méritos como allanar la negociación, pero otros deméritos como el terrible nombre de T-MEC– con la presencia de la señora Freeland de Canadá.

Hasta el día de hoy nadie conoce en detalle el documento.

No se conocen los pormenores de las modificaciones. El subsecretario Seade afirmó en la ceremonia que no habrá “inspectores” estadounidenses recorriendo el territorio nacional y que, en su lugar, se instalarán los paneles de controversia. El tema es ¿cómo va a supervisar el gobierno de EU que ponemos en práctica la reforma laboral? ¿Qué provocó la súbita aceptación de los sindicatos?

El mismo día, como suerte de magia, se detuvo a Genaro García Luna en Texas, bajo cargos de ligas con el Cártel de Sinaloa y declaraciones falsas. Una perla para la errática política de no combate al narcotráfico por parte de este gobierno. De inmediato, el probadamente “superado por los acontecimientos” Alfonso Durazo salió a denostar la estrategia encabezada por García Luna y al gobierno de Calderón, bajo el cual sirvió el hoy detenido.

La única figura política de peso –con aceptación pública o sin ella– que ha representado hasta ahora una frontal oposición al gobierno en turno, ha sido Felipe Calderón. Un raspón colateral en la coyuntura de la fatídica estrategia actual que tiene de fiesta a las organizaciones del crimen, cae en momento propicio para ‘abollar’ la imagen y el discurso del expresidente.

Donald Trump necesitaba urgentemente un logro que presumir, el mismo día que la Cámara de Representantes formuló los cargos bajo los cuales será sometido a juicio político. Ofrecer otro encabezado a los medios que dividiera la total atención hacia las acusaciones.

Los demócratas por su parte estaban igualmente urgidos de ofrecer al electorado estadounidense una pieza de acuerdo y entendimiento con la Casa Blanca, separando en todo lo posible, el tema del impeachment.

Cada parte, los canadienses aquí meramente espectadores, obtuvo sus premios. El gobierno de México, el canciller Ebrard, el subsecretario Seade y finalmente el presidente, tuvieron un día glorioso de triunfos y logros.

El presidente Trump pudo captar la atención de los medios por algo positivo, justo en el día que lo acusaron de criminal: abuso de poder y obstrucción de la justicia.

Y los demócratas pudieron proyectar una mínima imagen de sensatez y altura política en medio del proceso anti-Trump.

¿Dónde cabe García Luna en todo esto? Bueno, pues en entregar un personaje señalado por una fortuna inexplicable que fortalece la lucha contra la corrupción de los gobiernos anteriores y cuestiona de fondo la estrategia de combate al narcotráfico.

¿Pactó el gobierno de México la detención de García Luna? ¿William Barr le vino a informar al presidente de un expediente en contra del exsecretario? ¿A cambio de qué? ¿Es la moneda por los encubiertos inspectores laborales?

Es de una enorme contradicción que este gobierno autodenominado como nacionalista y defensor de la soberanía, se intercambie mensajes de elogio con el presidente estadounidense que más ha insultado a México en la historia.

Resulta inverosímil creer en coincidencias de días, fechas y hechos que envuelven la política interna y externa de los dos países.

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