Civilidad

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Por María Amparo Casar
No sé si es por los tiempos que estamos pasando, pero uno de los libros de los que más aprendí este año fue el de Teresa Bejan, profesora de teoría política en Oxford y acreedora del muy prestigioso premio Leo Strauss. Como muchos otros libros en los dos últimos años, éste fue escrito durante la elección presidencial de 2016 en Estados Unidos.
“La mera civilidad: desacuerdo y los límites de la tolerancia” (Harvard University Press 2017) nos enseña la importancia de la civilidad entendida NO como sinónimo de respeto, buenos modales o educación, SINO COMO la virtud que hace posible tolerar los desacuerdos para poder dialogar con los adversarios y vivir en paz relativa aun cuando no compartamos un mismo credo: religioso, político, ideológico, cultural o de cualquier otro tipo. En sentido opuesto, la incivilidad significa colocar a los adversarios más allá de las fronteras permisibles. De ahí se sigue que, en el mejor de los casos, hay que excluirlos o ignorarlos y, en el peor, censurarlos o perseguirlos.
Hay una percepción extendida, claramente basada en la realidad, de que la civilidad está en crisis hoy en día. Particularmente, en las democracias liberales que se han preciado de prometer y resguardar la diversidad y con ella los desacuerdos. Hay desacuerdos banales, pero hay otros fundamentales como la religión, la cultura popular, las identidades, nuestra visión del mundo o la política. Aquellos que pueden ser profundos, acalorados e incluso teñidos por el odio.
La autora nos recuerda que la discusión sobre la civilidad y la tolerancia no es un debate moderno, sino que data, al menos, del siglo XVI cuando gracias a la imprenta, Lutero pudo difundir la idea del Papa como el anticristo y lanzar el movimiento de la Reforma. protestante. A los luteranos y seguidores de la Reforma se les llamó protestantes a manera de insulto y herejes a manera de descalificación.
La intolerancia y sus consecuencias han sido una constante en la historia y reaparecen una y otra vez. Las razones son simples. Por una parte, nos resulta difícil aceptar que dos personas lleguen a conclusiones absolutamente distintas de buena fe. Por la otra, el mero hecho de disentir resulta ofensivo para cada una de las partes que cree tener razón. Dadas estas premisas, imputamos motivos ulteriores a los que están en desacuerdo con nuestro pensamiento. Estas razones ulteriores pueden ser: la estupidez o la locura, el dogmatismo o la intriga, el engaño o la trampa.
“¿Cómo ser civilizado frente a alguien cuyo propósito es destruir aquello que yo represento o defiendo?”. Con un lenguaje u otro, siempre que alguien está en desacuerdo alude a su oponente como “bajo” y sostiene su posición desde un terreno de superioridad moral o modelo de decoro que le permite estigmatizar al que disiente como carente de civilidad.
La estigmatización y la alusión a la superioridad moral son lo opuesto a la razón porque evitan la molestia de pensar, de debatir e incluso de comunicarnos.
En política, la civilidad es más importante que en ningún otro ámbito pues desde ahí se alienta o se inhibe la tolerancia y porque quienes concentran el poder suelen tener el control para silenciar, suprimir o excluir a los que disienten.
A las democracias liberales debe preocuparles la civilidad no sólo porque parece estárseles escurriendo de las manos, sino porque se han querido distinguir por su apego a un doble sentido de la tolerancia: la diversidad de la identidad y creencias de sus integrantes y el respeto a los desacuerdos que esas diferencias implican.
Por eso, dice Teresa Bejan, la tolerancia supone que los integrantes de una comunidad no estén obligados a confinar sus diferencias a la esfera privada, sino que tengan el derecho a ventilarlos e incluso promoverlos para competir por adherentes. Más aún, la civilidad y la tolerancia que ella implica son esenciales, porque tienen el potencial de convertir los desacuerdos no sólo en algo posible, sino también en algo productivo.
De aquí no se sigue que deba esperarse que la civilidad armonice nuestras visiones del mundo o del deber ser. Pero sí que se nos permita expresarnos y resguardar nuestro derecho a disentir y a convencer.
La falta de civilidad es, quizá, uno de los más grandes peligros de muchos de los gobiernos que se han instaurado en los últimos años alrededor del mundo. Que el nuestro no siga esos ejemplos. Que los que hoy están en el poder comprendan que se puede disentir sin que se impute la intención de debilitar o, incluso, de derrocar. Y que la oposición entienda que se necesita valor para disentir e inteligencia para convencer

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