Amor de Coloso

Especiales, Recientes No hay comentarios en Amor de Coloso 14

Por Gloria E. Romo (+) y Miguel A. Romo

Enfrente, en un baldío se erguía el añoso eucalipto, majestuoso, colosal. Su copa entre la brisa, a más de quince metros del suelo. ¿Cuántos años tenía?… ¿50? ¿60?; mucho antes de que ella naciera el árbol ya estaba ahí. De pronto ella se dió cuenta de que amaba a ese árbol, lo vió por primera vez como un compañero; silencioso, pero fiel. Ese árbol había sido testigo de todos los acontecimientos de su niñez y la de todos los moradores del barrio.

Nunca se había detenido a contemplarlo como ahora, y un sentimiento de gran ternura surgió de su corazón. El sentimiento que estaba latente, dormido en todos esos años, fluyó hacia ese ser que -ahora ella lo comprendía claramente- ¡vivia y amaba y sufría!. Y también comprendió que era el árbol el que había buscado la comunicación, desde siempre.

Contemplándolo, gradualmente fué pasando a la dimensión del árbol, su tronco ya no era tronco, sus ramas ya no eran ramas. Entendió la maravillosa armonía de su movimiento, la cadencia de aquel susurro bajo el influjo de la brisa.  Luego, percibió la cara del árbol, no eran rasgos definidos pero era de una belleza inexplicable, trascendente. El árbol la miraba con dulzura, con amor.

Y el árbol le contó de sus recuerdos, de la alegría que sintió cuando ella naciera. Ella sintió lagrimas ardientes rodar por sus mejillas cuando el árbol le dijo del amor inmenso que había sentido al verla por primera vez, pequeñita, indefensa, como un retoño, cuando su madre la sacara, al mes de nacida, a tomar el fresco del atardecer. Entonces recordó ella, y oyó otra vez, aquella dulcisima canción que el árbol había cantado, en su homenaje, aquel lejano, hermoso día, conforme el sol se ocultaba entre tiernos celajes y los pajaros acudían a dormir, protegidos entre sus maternales ramas.  Supo entonces que era esa la ignota canción que, a veces en sus más dulces sueños, se le presentaba, aquella que, desesperada, entre su sueño, intentaba apresar, guardarla, pero que al despertar solo quedaba un giróncito, como nubecilla en cielo de verano que en segundos se disuelve, y solo le quedaba un como dulce, como bálsamo en el corazón, matizado de nostalgia.

Supo de la presencia del árbol en tantos momentos bellos y dolorosos de su vida, de las vidas de los seres humanos. Como aquel día de su juventud, que llorosa y deprimida regresaba a casa habiendo sufrido los embates de la primera -y tal vez la más cruel- decepción amorosa. El árbol la vió venir desde muy lejos y sintiendo en savia propia su dolor, lloró con ella. ¡Ay!, cómo intentó decirle que el la quería, que la quería mucho, que se apoyara en su amor. Que las desilusiones son pasajeras y que otra vez brillaría el sol.

Al pasar ella por debajo del árbol, desesperadamente intentó acariciarla con una de sus ramas, ¡colmo de la desesperación: no pudo!. El árbol intentaba, al tocarla, paliar su dolor con la ternura que él le brindaba. Y ya al ver que se alejaba sin remedio, sin haber podido hacer nada, le envió al menos una hoja, voluntariamente desprendida de sus ramas y conteniendo toda la compasión que pudo reunir. Apurado, con angustia, la envió para que ella supiera que él se interesaba, que sufría con ella.

La hoja bajó, oscilando, tan de prisa como su leve peso le permitía, a cumplir con su mensaje, pero ya ella cruzaba la calle. En un supremo intento final el árbol impulsó con sus ramas a la hoja pero, ¡vano intento!, la hoja sólo alcanzó a tocarla en la punta del cinto de tela que en su espalda colgaba de la cintura. Por un brevisimo instante, mientras el tiempo y el alma del árbol quedaban en suspenso, mientras el alborozo le consumía pensando haber logrado al menos parte de su propósito, la hoja se columpió en la punta del cinto, giró sobre su brevísimo tallo y cayó al vacio… Ella continuó su viaje a la casa, al dolor, a la soledad, a una de las noches más espantosas de su vida; porque el corazón de los jovenes vive con extrema intensidad; ya sea el amor o el dolor.

Toda esa noche el árbol le cantó. Canciones que ella no escuchó porque su ser estaba demasiado sumergido en la decepción. En la madrugada, la fiera angustia que el árbol sentía fué acompañada con una tormenta. La naturaleza, en sintonía, le brindó vientos tempestuosos que hicieron que sus ramas dolorosamente le crujieran, y fué aquella noche cuando un rayo, salvajemente le tronchó el tronco, causandole tal herida que aún hoy despues de muchos, muchos años, claramente se podía ver. Una herida similar a la que ella llevaría toda la vida en su corazón.

Y recordaron juntos los días hermosos de la primavera, cuando el árbol exhalaba sus humildes olores, para sus seres amados, como ella. No eran olores como los de las flores fragantes, ni como los pungentes olores de los azahares de los naranjos, pero el gigante eucalipto también los brindaba con pasión, con entrega total, con plena conciencia de su papel en la sinfonía del universo.

El árbol fué fiel testigo de sus vidas todos esos años; como parte de ellos, desde su forzoza posición.  A través de las ventanas de la casa pudo saber de sus desavenencias, de sus riñas, mientras trataba de decirles lo inútil de ello, de la necesidad de la armonía. Los vió crecer, cambiar de costumbres, triunfar, fracasar, amarse, despedirse y reencontrarse.

El placer tan grande que sentía cuando se acercaban a tomar hojas de él para hacer tes reconfortantes y para la enfermedad. Y ¿cómo olvidar? ¡nunca! el día que ante el accidente de una de sus ramas, desgajada y colgante pero aún unida al tronco, élla y un hermano habían trabajado para volverla a su lugar. Ebrio de dicha el árbol había sentido sus manos sanandolo, acariciandolo. Esa rama era hoy la más fuerte y floreciente de su cuerpo.

Inmersa en la ingente presencia del árbol y con los recuerdos, ella se quedó placidamente dormida, allí a la intemperie. El árbol veló toda la noche, como siempre lo hacía, pero ahora teniendo la dicha de contemplarla a su antojo.

Desde ese día, ella tuvo un amigo a quien confiar sus viscicitudes. Se volvió costumbre salir y bajo su sombra, recargada en su tronco leer algo, pero en voz alta para que el árbol disfrutara también. El árbol nunca se saciaba de oirla leer. A cambio, él le hablaba de la vida distinta, de la que los seres humanos, por su prisa y soberbia no son concientes, la vida de los árboles, de los animales, de los minerales. Leyeron juntos a San Francisco con su oda: “Hermano sol, hermana luna”, y leyeron muchas historias de amor.

El árbol ya está muy viejo, ya la savia corre por él con lentitud, con gran esfuerzo y sin vitalidad. Pronto habrá de rendir tributo a la tierra. Pero el árbol no sufre por esto, sabe, -como solo los “otros” vivientes saben-, que ha cumplido con su papel. ¡Mucho más!, élla y él, este árbol humilde y hasta feo, deformado por un rayo, quemado en su base por algún ocioso, con ramas secas por la enfermedad, y al que hombres inconscientes le han arrancado ramas preciosas, élla y él ¡han logrado un milagro!, unirse, entenderse, crear un lazo nuevo y… ¿ quién sabe ? tal vez el milagro cundirá. Tal vez algún día todos los seres se unirán y… ¡comprenderán!.

El coloso ya no está; en aras del progreso ha sido asesinado: Lo podaron… ¡y el árbol cantaba!, le arrancaron la corteza… ¡y el árbol gemía!, lo hicieron pedazos… ¡y el árbol amaba!.

En el aire se esparce la última canción del árbol, que dice: ¡Perdónalos, no saben lo que hacen!

REQUIEM :

Querido árbol, tú ya te has ido, destrozado por la inconsciencia, me niego a creer que por la maldad. ¡Pero vives en nuestros corazones! ¡Siempre lo estarás.

Author

Leave a comment

©2012 Casa de las Ideas, Derechos reservados. l Sitio desarrollado por: Freaner Creatives

Search

Back to Top